
La frase de Coppola, Francisco, es premonitoria: "La mitad sólo vais a hacer mierda y la otra mitad, no vais a llegar". Se dirigía el padre de la criatura Sofía a los directores de cortos. Desde aquí sólo queremos relacionar esta frase con la que dicen los críticos, la mejor promesa del nuevo cine español. Estamos hablando, muchos ya lo habéis intuido, de Azuloscurocasinegro del director novel Sanchez Arevalo.
Vaya por delante varias cosas. Primero, personalmente en este blog no lo conocemos así que punto a nuestro favor. Segundo, no queríamos ni en pintura ir a ver esta película. Demasiado cine español, pensamos después de ver
DE "Volver" y "Bienvenido a casa". Punto en contra. Tercero, tuvimos que ir ayer. ¿Por qué? Digamos que fue una calentura que nos dio. Hacía mucho en calor en Madrid y a veces a esas temperatura uno no sabe dónde se mete ni por qué. Aunque, ya en serio, el motivo fue la campaña de marketing sin precedentes y que muy acertadamente hizo la productora en cuestión, Tesela para más señas. Ese
Actúa, rebélate, cambia tu vida de color si no te gusta, antetítulo de la película, me sedujo tanto que no pude resistirme a verla (un par de meses después del estreno).
Yendo a lo que nos interesa, la película tiene media hora, bueno, 20 minutos. Esto es, es una buena idea sin ningún tipo de preocupación por el desarrollo de esta idea en la hora que sigue a estos 20 minutos. Lo que estamos intentando decir es que la película es catastrófica en su resolución, que la mirada intensa de una de las protagonistas que no es Marta Etura (es que no sé cómo se llama) es de oscar (mayer, claro; este es mío), que la anécdota de la paja y el masaje, porque, hola, es eso una pura anécdota no puede ser la viga donde se sujeta la segunda trama de la película, una trama que pretende ser pseudodramática, pero que nunca llega a ser nada.
Y atención a un detalle, totalmente vergonzante para aquellos a los que nos gusta el cine: la exhibición de fotos que sirve para ilustrar la triste vida del novio del personaje de la Etura es de salirse del cine. A ver. Que nadie aquí es un experto en Photoshop y todos hemos hecho un montaje mejor de un par de fotos. Que es ponerse un ratillo. Es mortificante que nadie repare en lo ridículo que resulta poner eso en una pantalla de seis metros por cuatro. Pero para ridículos la metáfora del traje del final de la película. De verdad, ¿se puede ser más obvio? Hola, los espectadores no somos tontos.
Luego, de vuelta a casa vimos un episodio de Sex in the city, o sexo en Nueva York, esa serie que al parecer quiere copiar la buena de Ana Obregón (¿?, que tendrá su merecido comentario aquí próximamente) . Volviendo a la serie, hablaban también de un traje que el novio de la yuppie abogada no se podía comprar porque era un mísero camarero (¿por qué está tan mal vista esta profesión?). No es por comparar, pero no me dio vergüenza el desarrollo de la serie.