martes, noviembre 20, 2007

No esperes el sol

Me dijo aquel hombre que parecía que sólo miraba hacia arriba. Al principio no le entendí, luego miré hacia abajo y es que hablaba con su perro. Vaya gente, pensé. Gente que habla con los perros, con los gatos. Ese hombre no era muy mayor, no al menos tan mayor como para llevar el abrigo que tenía puesto. La bufanda era roja, pero no ese color vivo y fuerte, sino que era apagado, gris, como el cielo, como esa lluvia fina que no dejaba de caer por más que te pusieras a resguardo en los pequeños kioscos que me encontraba en mi camino. Iba hacia el trabajo pero decidí meterme en el bar que siempre tenía esa luz encendida. Nunca se apagaba. Y mira que he pasado veces por ahí, pero esa luz incandescente, fea, como de plata, estaba ahí. De algún modo me vigilaba, ahora que por las mañanas mi mujer ya no me quería ver y ya no me acordaba de cómo olía cuando aún nos gustábamos. La puerta chirrió un poco y el olor a café lo llenó todo. No había nadie. Por eso miré el reloj y entonces me di cuenta de todo. Mierda.

2 comentarios:

Blogger gilda ha dicho...

Bravo. Un placer descubrirte...(gracias Senza Fine)

11:38 p. m.  
Blogger hell ha dicho...

Si, sin duda, es un buen principio. Hay algo que me ha recordado a la intimidad, por cierto, me encantó.

1:01 a. m.  

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