domingo, agosto 17, 2008

Las curvas de la sal

Llevo tres días amaneciendo con el cálido humo que sale del agua del mar. Es todo de sal. Como mi cuerpo, si no me ducho, y hoy todavía no lo he hecho. Allí, en la playa, me someto a las imperfecciones humanas, a las mías también. Cuerpos hicnhados, cuerpos filamentosos, cuerpos dorados, cuerpos blancos, sedosos, vellosos, tetas de quince años, quizá dieciseis, traseros de 35, quizá 50; es toda una quiniela esas olas de mar que nos ponen a cada uno en nuestro sitio.
Son ya las 4 de la tarde, pero mi higiene personal, digamos, que no está en mis prioridades diarias. Tampoco lo estaba este blog hasta que no he encendido el ordenador después de darle un par de días de tregua. A mí nunca me la doy, así que el portatil debe estar contento conmigo. Mi mirada la suelo torcer cuando no aparezco por estas líneas, una especie de suelo virtual para mi virtual pensamiento radical. Entre playa y siesta, el fin de semana aterriza en un lunes con más sombras que luces, como la sombra de la panza de burro, que no termina de despegar para irse a otra parte. Es lo que tiene el amor cuando ya no se puede más.

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