miércoles, noviembre 28, 2007

Viajes

El ruido de las malditas máquinas seguía allí. Apenas el agua se movía en aquel vaso de plástico demasiado pequeño para llamarlo vaso. Sin embargo todo el mundo lo hacía. El cielo que se vislumbraba por aquella ventana que daba a la calle teñía de azul la habitación que ya no olía a café, al menos el del buen café. A esas alturas de su vida podría enumerar los olores de su vida y aquello le gustaba: recordar él y su memoria cuándo había sido feliz le suponía un menor esfuerzo que definir la situación por la que ahora pasaba y de la que quería salir cuanto antes. Pero el doctor se resistía a darle el alta, aunque él ya lo había hasta suplicado. Sus hijas no querían saber nada de él. No las culpaba, pero creía merecerse un respeto. Sí, no las había criado, pero siempre se había preocupado de enviarles ese billete de cien pesetas cada semana. No quería suplantar a su madre, pero podía hacer algo al respecto. Bebió un poco de agua. Le sentó bien y comenzó a pensar en los viajes que había hecho de joven. El primero fue a Alemania, donde estaba el futuro o mejor dicho, los restos de las bombas americanas. Pero allí en aquel tiempo él era uno más y se bebía sus cervezas el domingo. Hasta la nariz se le ponía roja. También saludaba a los americanos, ya quedaban los últimos, los que recogían los pedacitos que se querían llevar de su aventura europea. Allí conoció a Mike, uno de los que se quedó. Y es que Anna era mucho Anna.

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