viernes, noviembre 23, 2007

Míralos

Kaiser se la queda mirando. Un rato. Pega un bufido y sale a por ella. Beta está en lo suyo, jugando con mis dedos, muerde y muerde, incansable. Kaiser se ha fijado en su cuello. Prácticamente no tiene, pero mueve su rabo. Beta no mira. Muerde. Camina moviendo el trasero y las patas sólo le dan para un escalón cada segundo. Ahí Kaiser llega antes y me dice adiós antes. Pero es imposible no despedir a Beta que llega con la lengua fuera. Pero siempre llega. Beta duerme en la tripa de Kaiser. A Kaiser le gusta, aunque no lo admitiría nunca. Ahora es la rival de su cariño, del nuestro. Son niños, niñatos. Lo mismo se dan besos que se hacen tropezar. Hasta que duermen. Ahí llega el amor. Porque el amor es ciego y Kaiser ya no ve muy bien. Se querrán siempre.

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