lunes, octubre 15, 2007

Ficciones

Mi madre me dijo muchas veces que me quería. Mi padre no. Me decía otras cosas. Pocas. Tartamudeaba un poco, sobre todo, cuando discutía con mi madre. Mi madre siempre me dijo que tuviera cuidado cuando salía a la calle. Tenía miedo por mi. Pero a mí me encantaba ver a mis amigos, a Peter, a Sandra, a Gustavo, él era latino, pero a nosotros no nos importaba. A su madre tampoco. Siempre nos daba un dólar para comprar petardos. Los petardos no le gustaban a mi madre. Ibamos a Piedmont y asustabamos a los perros. Los dueños se quejaban. Pero nosotros salíamos corriendo en estampida escondiendonos en los arboles. Eran tan grandes que casi podías vivir allí. A veces soñabamos con casas en lo alto de aquellos árboles, las ramas parecían fuertes, hasta que Gustavo no atinó con una y se cayó. Se hizo daño y las sirenas no anunciaban nada bueno. Al final, fue sólo una muñeca y un poco de yeso que no tardamos en pintar con todos los colores que nos pudimos imaginar. Eramos un poco locos, o al menos eso creíamos.
Pero ahora está todo oscuro y no puedo hablar. Los coches no me dan miedo. Los frenazos, un poco. Pero ahora nunca frenamos. Me pareció raro. Pero claro, no podñia ver lo semáforos en rojo. Una vez conduje un coche, hasta que mi madre se dio cuenta y me persiguió calle abajo. Logré pararlo y mi madre no paraba de llorar. Me dio una bofetada que no quise evitar. Quizá me la merecía. Pero ahora mi madre no sabía dónde estaba. Me hubiera gustado llamarla pero no sabría qué decirle. Ni siquiera yo sabía adonde nos dirigíamos. Mi padre conducía. Pero tampoco dijo nada esta vez. Él era muy callado. Olía a alcohol, pero eso tampoco me sorprendió. Siempre me daba a probar un poco. Yo le decía que me gustaba para que se riera, pero tardaba en escupirlo. Era muy amargo. La tarde era calurosa aqui dentro. Intenté decirle que parara. Tenía ganas de mear y ya no era un niño pequeño. No quería ser un niño pequeño. Así que me aguanté. Todo lo que pude.

1 comentarios:

Anonymous oxigeno ha dicho...

Yo de pequeña miraba a esos niños que subían a los árboles. Yo no podía. Desde abajo todo se va más grande y desde arriba más pequeño.

Mi madre me decía cuidado y mi padre asentía. Yo miraba la cara de mi padre y el la retiraba como diciéndome eso es cosa de tu madre. Pero: cuidado ¿de que? De mayor uno descifra todas las frases que tu madre te iba regalado en la infancia. Tú las habías guardado y a la que vas creciendo cada una de ellas se van explicando como si dijeran: Ahora es mi turno; “cuidado”, “cuando lleguemos a casa de Palmira no le mires a la cara”, no le digas a tu hermano “tonto del haba”, “cuando seas mayor comerás huevos” (bueno esta todavía no se ha desnudado de todo.
Creo que todavía estoy abajo observando a los que suben a los árboles, y ahora podria.

5:42 p. m.  

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