miércoles, octubre 14, 2009

Confesión de un escritor sin cartas

Siempre saco al perro a media mañana. Él lo agradece y yo también. Y lo hago al sol que es cuando uno mejor pasea y ve las cosas más nítidas. También revuelvo un poco en el buzón de correos, ese del que ya no esperamos nada sino los resguardos del banco y alguna factura caprichosa. Pues ese a veces da alegrías para alguien tan necesitado como yo de ellas. Hace ya algún tiempo nuestro buzón, el mío y el de mi familia, recibe por la gracia del servicio de correos, las cartas de los alrededores, vecinos de todas las nacionalidades que ven en ese buzón algo más que un deseo, casi una necesidad. Mi confesión apenas empieza aquí: y es que encontré hace unos días una carta que incumpliendo casi todas la reglas de observación general de la ortografía y gramática española ponía en contacto a dos personas que vivían en el mismo domicilio pero en localidades e islas diferentes. Tanto la dirección como el remite repetían el mismo lugar como si de un estribillo se tratara.
Me quedé de piedra imaginando, olisqueando una historia que por ahora me la quedo para mí.

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