La sombra del Teide
Oscura y puntiaguda. Eso es lo que recuerdo cuando miré hacia abajo. Sólo se podía mirar allí. Y en frente había otra isla, pero estaba en la sombra. Quizá lo estuvo siempre, pero nosotros no lo sabíamos. Con la boca abierta, me senté. No quería mirar. Para eso tenía la cámara. Cogidos de la mano, el frío se metía por cada rendija. La luna también abrazaba. Pero el aire hacía eco en el estómago. Quedaban pocas piedras, pero la foto salió. Allí nos quedamos un rato, hasta que bajamos al mar. El tiempo se quedó congelado. Y nosotros no volvimos atrás. Ese paisaje era de otros. Quizá de nadie.
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