viernes, enero 25, 2008

Nosotros

Casi siempre sonriente, siempre está en esa curva, en una especie de montículo que está muy cerca de dónde nacen los plátanos gigantes, una extraña figura que ve pasar la vida con una nítida sonrisa de sol a sol. Es muy anciana y su piel así lo dice. Su abrigo, raído y de un color que no se sabe si es oscuro o claro, muestra que en la pobreza también hay elegancia o lo que es aún mejor, que la elegancia no se compra, ni siquiera se alquila. La elegancia de esta mujer reside en su sombra, lo que fue, lo que ella con esa postura contemplativa nos obliga a imaginarnos su vida, si emigró a Venezuela, donde no le fueron bien las cosas, y tuvo un marido que la abandonó con un hijo entre los brazos y alguna factura a la que hacer frente. Ella lo hizo y por rabia y sin verguenza volvió a Tenerife, a este norte, donde las cosas tienen dos caras; en eso no es muy diferente al resto del mundo. El resto del mundo que somos nosotros.

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