viernes, junio 25, 2010

Interesante reflexión suicida de Verdú

Hace ya años, años antes de la crisis, un joven y reconocido periodista ilicitano, Gerardo Irles, me confesó que había decidido dejar de escribir libros, fueran estos novelas o ensayos. Tenía la suficiente experiencia como para atreverse a diagnosticar que en este sector no quedaba ya lugar alguno para la clase media. De un lado se situaban la opulencia de unos cuantos autores y libros best sellers y, de otro, solo la miseria.

Efectivamente, lo juzgué un derrotista, pero el tiempo, año tras año, ha venido a convertir su argumento en la carta magna de la edición. No hay lugar para la clase media. O vendes cientos de miles de ejemplares y, en consecuencia, existes para los suplementos, las entrevistas, los anuncios o se pertenece a una suerte de grey ingenua (grey gris) que escribe esforzadamente para obtener unas migajas de recompensa o, incluso, unos cuantos kilos de hambre.

¿Sucedió así en todos los tiempos? No podemos dar testimonio personal de la Generación de Plata, pero sí de muchos Años de Plomo en los que se escribía, si no persiguiendo la gloria, sí persiguiendo un ideal. Lo más importante es que se trabajaba, en cuanto escritor, con una meta que, al perseguirla con ahínco moral, nos hacía perseverar. La suma de escritores, novelistas, cuentistas, poetas, guionistas o ensayistas de ese tiempo recibían dos clases de ingresos capaces de sustituir la falta de estipendio. Un ingreso era el de ingresar en las filas de los combatientes por la democracia. El otro pago consistía en ser reconocido por un apreciado grupo de lectores que se comportaban como una tribu sagrada dentro de la cual nacía el "escritor de culto".

Ahora, por contraste, ese culto al escritor ha sido reemplazado por el culto el espectáculo de las superventas. El escritor será para algunos un fenómeno en sí pero, en conjunto, la gran atención que convoca procede del fenomenal éxito de ventas. La mágica dinámica interior entre vender mucho y ser famoso, ser famoso por vender mucho y vender mucho por ser famoso, dibuja un círculo que, como en otros productos, caracteriza el actual comportamiento del mercado se refiera a la marca que sea.

La altísima rentabilidad que desencadena la vorágine cuando el título explota resulta tan remunerativa para los editores que si editan 70.000 títulos al año en España es en busca de esa bomba atómica que arrasará con lo demás y salvará holgadamente el balance de la empresa.

De esas decenas de miles de títulos, un 95% o más no se come una rosca. Es decir, acaso ni prueben las migajas de su publicación. Son metralla de un sello editorial, a menudo sin criterio, que dispara en todas direcciones -o insiste en la dirección de moda- para alcanzar la mina del supersuceso mediático. El resto es miseria.

En casi todos los casos, los anticipos son ridículos y las tiradas exiguas. Los autores que se lanzan y no explotan pronto se convierten en nada. Sus obras compuestas mediante decenas de miles de horas de trabajo desaparecen de las librerías en unas semanas y son destruidas urgentemente como las vacas locas. Ciertamente, se trata de autores locos, cada vez más locos. Tipos que deliran soñando una comunicación masiva que es solo un privilegio de muy pocos. Cada vez menos y cada vez con menor duración.

¿Conclusión? La conclusión es la conclusión de esta labor. No importa escribir bien, aun para pocos, porque los pocos cada vez se mueren más y más deprisa. No vale la pena, como ocurrió con aquellos encajes de bolillos domésticos, calentarse la cabeza, verbo a verbo, adjetivo a adjetivo, para no llegar a casi nada o a casi nadie. ¿Escribir para sí mismo? "El autor que por fin decide escribir para sí mismo se suicida por falta de destino", decía Vicente Aleixandre.

Todo artista necesita tanto la comunicación como la respiración. Dentro pues de esta creciente asfixia de la escritura, de los editores, de las librerías, de los libros, de los lectores, ¿cómo no elegir entre tirarse hacia el oxígeno de la ventana o decir ya adiós a este hermoso y jadeante oficio?

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